El silbato que guarda una historia de amor y trabajo

Hay personas que nacen verdaderamente para dejar huellas muy profundas, silenciosas pero imborrables. Hoy conocimos a una de ellas:

Blanquita como todos la conocemos, vive en el barrio Centenario. Su historia, sencilla en apariencia, está tejida finamente con los hilos de la perseverancia, de humildad y de entrega total por lo que hacía. Ella Ingresó a la función pública en el año 1987, en el antiguo Hotel de Turismo que en aquel entonces gestionaba la Municipalidad. Comenzó lavando ropas, con las manos en el agua y el corazón ya puesto en el servicio. Fue un tiempo corto en el que blanquita permaneció en ese lugar, apenas un año como contratada, pero suficiente para demostrar su responsabilidad. Pronto pasó a planta permanente.

A partir de ahí, su camino fue largo, firme y silencioso como los buenos pasos. Desde el lavadero fue trasladada a Obras Públicas, y luego a la Dirección de Cultura. Pero el destino, ese que a veces parece tener un plan perfecto para cada uno de nosotros, la llevó un día a la Dirección de Tránsito.
Ahí, Blanquita encontró su lugar en el mundo.

Con la voz entrecortada por la emoción, nos contaba que “dejó su vida en la Dirección de Tránsito”. Era su orgullo, su segunda casa, su identidad. Jamás tuvo un conflicto y nunca una queja de sus jefes. Era a ella, a quien le confiaban los nuevos, para que los guiara con paciencia y sabiduría. “Tránsito era mi vida”, repetía apretando fuerte nuestra mano, como si nos pasara un legado.

Estuvo 35 años en la Municipalidad. Pasó por muchos intendentes, por varios jefes, pero su compromiso nunca cambió. Ni la lluvia, ni el frío, ni el calor de las siestas de verano en la Beron de Astrada la detenían. Con su silbato ella marcaba el ritmo de nuestra sucursal del cielo. “Con tres pitadas ya sabían que les estaba dando el paso”, nos decía con una sonrisa de quien sabe que fue parte del pulso diario de Curuzú.

Nos contaba también lo difícil que fue acostumbrarse a la jubilación. Se levantaba a las cinco de la mañana, como si todavía tuviera que estar al pie del cañón. Hoy, ya retirada, se aferra a los recuerdos, a los compañeros que aún la llaman, a los que ya no están, y al uniforme que guarda celosamente con devoción en su habitación.
“Cuando me muera, quiero que me vistan con mi uniforme y me pongan el silbato en el cajón. Ese silbato que me acompañó toda la vida, porque amé mi trabajo”.

Blanquita no fue jefa, ni ocupó cargos altos. Nunca hizo discursos, y tampoco buscó reconocimiento. Pero dejó una marca mucho más importante: la del compromiso silencioso y la del ejemplo que no se impone, sino que se transmite. La marca de quienes entienden que el deber no es una obligación, sino una forma de amar.
Gracias, Blanquita, por abrirnos tu casa y sobretodo tu alma. Por mostrarnos que el verdadero valor de la función pública está en personas como vos. Que hacen su trabajo con el corazón, y nos enseñan que el amor por lo que uno hace es el legado más poderoso que se puede dejar.

Prensa: 

VAMOS Curuzu

Veroespindolaok

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