Por Luis Almiron
@luis.almirn4
Hace ya más de 200 años, en el olvidado rincón de Curuzú Cuatiá, donde el tiempo se desangra como un río sin orillas, la ciudad nació con la patria, hija de la ilusión y la pasión de Manuel Belgrano. El 16 de noviembre de 1810 con manos de visionario, dibujó sobre la tierra el contorno de una ciudad que sería testigo de la historia. También le dió su bandera tricolor.
En las calles polvorientas, donde el sol se desmaya como un ave herida, los recuerdos se entrelazan con la realidad, y la gente, con ojos de mirada profunda, camina hacia el futuro sin olvidar el pasado. La bandera tricolor, como un estandarte de libertad, flamea en el viento, recordando la promesa de un destino compartido.
En la plaza central, hoy nombrada en su recuerdo, bajo la sombra de los árboles centenarios, los abuelos cuentan historias de amor y guerra, de sueños y desilusiones, mientras los niños escuchan con ojos deslumbrados, como si la historia fuera un cuento de hadas. Y en las noches, cuando el cielo se tiñe de estrellas, la ciudad se llena de un murmullo de voces, que susurran secretos y leyendas, como si el pasado y el presente se fusionaran en un solo suspiro.
Curuzú Cuatiá, cuna de poetas, La Sucursal del Cielo, ciudad de la memoria y el olvido, donde el tiempo se deshace como un hilado, sigue adelante, con la mirada puesta en el horizonte, hacia un futuro que se esconde detrás de las nubes. Y en su corazón, late la bandera tricolor, como un latido de amor y libertad, recordando que la historia no es solo un pasado, sino un presente que late en cada calle, en cada casa, en cada corazón.
¡Feliz aniversario, Curuzú Cuatiá! Que tu historia siga siendo canto de amor y libertad, que resuene en el viento, en las copas de los árboles del Parque Mitre, en las voces de tus chamameceros, como un eco que no se apaga y se reproduce en el infinito.